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Extravíos de la antropología mexicana
por Horst Kurnitzky
PRÓLOGO
Este ensayo es el resultado de una serie de observaciones en torno a la
manera como la antropología y la historia fabrican imágenes y
concepciones de culturas que se encuentran fuera de su lógica y de sus
propias experiencias. En particular trata de cómo los antropólogos e
historiadores mexicanos del siglo XX han estudiado y presentado a las
culturas prehispánicas, en especial, la azteca.
La incapacidad de los científicos sociales para comprender la lógica de
una cultura ajena responde, fundamentalmente, a la ausencia de crítica
hacia los testimonios conservados y a la falta de imaginación para
concebir relaciones sociales distintas a las propias. Hoy esto se hace
evidente en la incomprensión ante culturas contemporáneas que
parcialmente se encuentran fuera de la lógica de la cultura del
capitalismo, como la china o la tibetana, a las que el capitalismo aún
no ha arribado del todo; o ante culturas que lo han modificado, como la
de India o la de Japón.
La mayoría de las crónicas de la conquista de otras culturas está
elaborada para servir a intereses ajenos a las culturas sometidas;
incluso cuando éstas ya han sido destruidas, al conservarse como
testimonios escritos, dichas crónicas siguen luchando contra ellas. En
general, los conquistadores, al no entender la lógica interna de las
culturas sometidas, impusieron su lógica propia, como los
evangelizadores, que erigieron sus iglesias sobre los templos de los
paganos vencidos. Así, al igual que la vestimenta y las lenguas,
los usos y costumbres de los indígenas
mexicanos fueron europeizados desde el momento en que los primeros
españoles se apropiaron de sus tierras.[1]
Los españoles no comprendieron la lógica de las culturas prehispánicas
porque no habían desarrollado la capacidad de imaginar un mundo ajeno al
que “debía ser”. No se percataron de que la lógica de una cultura se
encuentra en todas las formas y relaciones de reproducción de la vida.
No entendieron, por ejemplo, los vínculos entre los cultos de
sacrificio, los alimentos y las actividades productivas. A cada planta,
fruto o animal comestible, los prehispánicos le atribuían efectos
trasformadores o poderes mágicos relacionados con su idea del mundo, las
fuerzas sobrenaturales y sus dioses. A partir de ello prescribieron la
manera, el lugar, el día y el momento de consumir los alimentos, y
determinaron quién podía hacerlo. Algunos grupos tenían prohibidas
ciertas cosas que a otros les estaban permitidas: por ejemplo, un
esclavo no consumía lo mismo que un sacerdote. Los días en que se
celebraban sacrificios mayores, o sea, los días excepcionales, se
distribuía alimentos no ingeridos cotidianamente. El comercio, la caza,
la pesca, la recolección, la cría de animales y la agricultura, las
técnicas para realizarlos, así como las formas de poseer la tierra
también formaban parte de ese complejo.
Quien proceda como un nutriólogo moderno y elabore un listado de los
alimentos que consumían los pueblos prehispánicos de acuerdo con las
proteínas, las vitaminas y los minerales en ellos contenidos, se aparta
por completo de la comprensión del complejo, del mismo modo como se
apartaron los españoles fieles a la escolástica y a los métodos
medievales de clasificación, y obsesionados —al igual que Sahagún— con
las supersticiones y los ritos idolátricos. Los
españoles no tenían conciencia de la distorsión de la realidad producida
por su propio mundo. Por eso, todos los códices elaborados durante el
primer siglo posterior a la conquista, principalmente en y bajo el
auspicio de las escuelas franciscanas, contienen numerosos elementos
grecorromanos cristianizados: el traslado de los atributos de las
divinidades del panteón griego, la barba del sabio, las figuras vestidas
con togas, la postura corporal con una pierna ligeramente flexionada, la
composición de la imagen a la usanza europea, etcétera.
Pero este ensayo no pretende acusar de ignorantes a los españoles del
siglo XVI; el problema de las crónicas españolas puede superarse si se
las lee conociendo las múltiples estrategias cristianas de conversión y
difusión, así como la mentalidad de sus autores. El propósito de este
ensayo es poner de manifiesto los extravíos de la antropología y la
historia mexicanas del siglo XX, que, después de siglos, continúan
aceptando acríticamente las valoraciones, descripciones y
clasificaciones asentadas en las crónicas españolas, y se conforman con
hacerlas encajar en un esquema positivista que no es sino la
secularización del mismo esquema medieval español en donde las
categorías del bien y del mal siguen apegadas a la moral cristiana y
persiste la práctica de intentar introducir toda una realidad ajena y
compleja (la geografía, la economía, los usos y costumbres, la guerra,
el Estado, la religión, el arte, etcétera) en compartimientos estancos,
haciendo caso omiso a las relaciones, purificando la realidad pasada y
borrando los conflictos.
La adopción de la lógica positivista por parte de los antropólogos y los
historiadores mexicanos puede explicarse. Bien sabemos que los
científicos de los tiempos de Porfirio Díaz, tras décadas de
inestabilidad política, buscaron la armonía y, con el fin de afianzar la
paz, redujeron la complejidad a una sola mecánica. También sabemos que,
después de los caóticos y sangrientos años que siguieron a 1910, los
revolucionarios buscaron de nueva cuenta la armonía, y que esta vez la
encontraron en la organización corporativa de la sociedad y en la
construcción de un nuevo Estado-nación sobre la base de la ideología del
nacionalismo mexicano, para lo cual, imitando el modelo del nacionalismo
europeo del siglo XIX, pusieron a la antropología y a la historia
mexicanas a su servicio.
A lo largo del siglo XX, la historia y la antropología mexicanas no
procuraron aproximarse científicamente a la realidad pasada, sino que,
como ideologías al servicio de la elaboración de la mitología nacional,
se entregaron, cargadas de emocionalidad, a cumplir con su objetivo
central: confeccionar un valioso y “único” pasado, un pasado que se
percibiese como propio y fuese admirado por todos los mexicanos con el
fin de cohesionar y uniformar a la sociedad en torno a un mismo centro
–el Estado-nación y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) como
única fuerza política–, y de este modo
estar a la altura de las naciones imperiales, defenderse de ellas y
hacer posible que la nueva oligarquía en el poder dominara sin
obstáculos a las masas.
La constatación de que “como México no hay dos”; el proyecto de
divinización de la nación mexicana como estrategia política de la
oligarquía revolucionaria, y la reelaboración de la “raza cósmica” y del
indigenismo al servicio de un mito de origen propio, fueron acciones
constitutivas y productos exitosos tanto de la nueva cultura nacional
como de su antropología e historia.
Después del movimiento estudiantil de 1968, tanto el marxismo-leninismo
como el maoísmo se radicalizaron dentro de las universidades y los
centros de investigación en México, y se propusieron como nuevas
interpretaciones del pasado. Muchos antropólogos e historiadores
pretendieron criticar al nacionalismo mexicano y, en particular, la
política indigenista instaurada por el PRI. Sin embargo, lo que en
realidad hicieron fue cambiar una ideología importada por otra: ahora,
en vez de aplicar las descripciones y clasificaciones positivistas, los
antropólogos e historiadores recurrieron a la jerga del marxismo vulgar
y fueron en busca del modo de producción, las relaciones de producción y
las fuerzas productivas de cada pueblo indígena. Y encontraron, otra
vez, un mundo alejado de las realidades históricas y sociales, pero útil
para inquietar al gobierno paternalista del PRI, el cual “negoció” y
consiguió aplacar el descontento de muchos académicos e intelectuales
con la concesión de buenos puestos públicos o empleos universitarios.
A pesar de los esfuerzos de algunos cronistas españoles por registrar
todo cuanto veían, les era contado y experimentaban en tierras
americanas, la política española, con fines de dominación, unificó a los
diversos pobladores designando a todos con el nombre de “indios”. Esta
política indiana fue continuada por el nacionalismo mexicano al hacer
caso omiso de las diferencias regionales y locales y poner por encima de
ellas a los “mexicanos”. En la actualidad, esta tendencia persiste en la
antropología y la historia mexicanas, ya que continúan hablando de
“indios” e insisten en presentar la historia política, diplomática y
militar del Estado mexicano como
la historia de todos los mexicanos. Reducción que, como plantea este
libro, elimina toda posibilidad de aproximarse a las distintas regiones
y culturas de México, y que se dio desde el momento en que los españoles
elevaron el latinizado náhuatl a la categoría de lengua franca y así la
enseñaron a los indígenas en las escuelas de las órdenes religiosas. Si
bien la mayor parte de los pueblos prehispánicos desapareció debido a la
alta mortandad registrada en los primeros años posteriores a la
conquista, la aniquilación de las lenguas indígenas, fermento de la
cohesión y comunicación de cualquier sociedad, fue el mecanismo más
eficaz para dar una cohesión mayor al cristianismo.
Las investigaciones sobre el sacrificio entre los pueblos de la
Antigüedad (mesopotámicos, egipcios, judíos y griegos, entre ellos) han
demostrado que se trata de una práctica cultual de suma complejidad, ya
que no sólo tiene implicaciones dentro de los distintos ámbitos y
actividades de la vida de una comunidad, sino que incluso le confiere a
ésta su sentido propio. Sin embargo, los antropólogos
mexicanos, apegados a ese mismo sentimiento
cristiano que llevó a los españoles del siglo XVI a horrorizarse, han
minimizado su importancia o lo han constreñido al ámbito puramente
religioso. Un hecho del que se origina otro más de los extravíos que
analiza este libro: el tratamiento de las culturas prehispánicas como si
fueran modernas, o sea, a la luz de la separación entre el mundo sagrado
y el mundo profano, una distinción que ciertamente estaba desarrollada
entre los españoles del siglo XVI, pero que de ninguna manera se daba en
el mundo prehispánico, donde las relaciones entre los dioses, la
naturaleza, los hombres y su organización social constituían un mundo
integrado.
La antropología mexicana no ha entendido que la prohibición de los
cultos paganos de sacrificio, incluyendo el sacrificio humano,
desestructuró por completo la cultura de los pueblos prehispánicos. Éste
no es un argumento a favor del sacrificio humano, sino de la compresión
de la lógica de las culturas prehispánicas y de los problemas que su
presencia les creó a los españoles al tener ellos mismos, en el centro
de su religión, “Un sacrificio: el de Cristo”. Cuando una oligarquía y
sus antropólogos e historiadores inventan un mito de origen y pretenden
no descender de un pueblo con prácticas de sacrificio humano, de las
cuales, en rigor, descendemos todos los seres humanos, lo único que
demuestran es ignorancia.
“No puede ser lo que no debe ser”. De acuerdo con este principio
trabajaron los cronistas españoles y trabajan hoy los antropólogos e
historiadores mexicanos que interpretan los hechos conforme a principios
morales muy adecuados para confirmar el cristianismo y el nacionalismo,
pero estorbosos para la ciencia y el entendimiento de una cultura
precristiana. Hablar de “ofrenda” en vez de “sacrificio” delata esa
tendencia a la cristianización, la que no sólo sustituyó a los múltiples
dioses paganos con santos, sino que también amalgamó esas “extrañas”
culturas al mundo cristiano.
Todos los nacionalismos del mundo excluyen, sin excepción, a la crítica,
porque se sustentan en mitos afirmativos y elogiosos al servicio de la
cohesión de un pueblo. Pero la crítica es la base de cualquier ciencia,
es la que impide que las interpretaciones se conserven como “verdades
eternas” y se caiga en simplificaciones y descripciones aparentemente
asépticas. La crítica trata de identificar la complejidad de una
realidad y sus conflictos, permite que las preguntas surjan y demuele
los edificios construidos por la fe. Por eso, no pueden ser científicas
la antropología y la historia mexicanas que han sido creadas por los
mitólogos como artefactos útiles para defender un nacionalismo
anacrónico y para obtener, con ello, empleos o distinciones.
El nacionalismo promueve el miedo o el rechazo de los mexicanos hacia lo
extranjero y hacia la idea de comparar la cultura mexicana con otras
culturas del mundo. Si bien las fuentes prehispánicas son eminentemente
arqueológicas debido a la destrucción de casi todos los códices
antiguos, los investigadores podrían aproximarse más a la realidad
pasada si compararan dichas fuentes con las dejadas por culturas de
otras latitudes cuyos restos evidencian estructuras similares, que
también construyeron templos monumentales y entre las que la práctica
del sacrificio humano estaba muy extendida y, sobre
todo, si conocieran a fondo y consideraran la mentalidad y los intereses
al servicio de la corona de los primeros cronistas españoles que
reelaboraron, reinterpretaron y deformaron la realidad americana. Esto
podría ayudar a entender, por ejemplo, la problemática de la lengua
náhuatl debida al paso del tiempo y a su deformación por los frailes,
así como los problemas que se generaron en una comunidad en proceso de
cambio de un sistema de herencia matrilineal a uno de herencia
patrilineal, tal como lo ponen de manifiesto, entre otros aspectos, los
complicados calendarios prehispánicos.
La exaltación de México como un país mágico que “los extranjeros no
pueden entender” y que produce en todo mexicano que se encuentra en el
extranjero la nostalgia por su casa y su terruño, exime de cualquier
comparación, porque “el hogar propio es siempre el mejor y el más
hermoso”. Así, los antropólogos e historiadores mexicanos que no
analizan y estudian otras culturas no sólo creen en la unicidad de su
propia cultura, sino que esto les impide entenderla. En efecto, entender
la propia cultura presupone, como
conditio sine qua non, tomar distancia de ella.
[1]
Así lo afirma Bernardino de Sahagún: “Necesario fue destruir
todas las cosas idolátricas, y todos los edificios idolátricos,
y aun las costumbres de la república que estaban mezcladas con
ritos de idolatría y acompañadas con ceremonias idolátricas, lo
cual había en casi todas las costumbres que tenía la república
con que se regía, y por esta causa fue necesario desbaratarlo
todo y ponerles en otra manera de policía, que no tuviese ningún
resabio de cosas de idolatría” (Historia general de las cosas de
Nueva España, Porrúa, México, 1975, p. 579). |